Saturday, October 25, 2014

“Elena” (Brasil, 2012)






Fotografías, viejas películas familiares, trozos de grabaciones magnetofónicas, recortes de diario y fragmentos de textos de documentos paraliterarios sirven de soporte para el viaje cinemático que nos ofrece Petra Costa con su “Elena”.

Es una extensa narración  en la que la joven directora brasileña juega con la cámara, los claroscuros, la visión borrosa de un contexto que se diluye en el recuerdo y que lo rescata para contar la historia de su hermana mayor, Elena, cantante y aprendiz de actriz que viaja a New York para cumplir su sueño. Años más tarde , cuando ya la tragedia ha dejado su indeleble impronta, ella hará lo mismo: ir a New York a estudiar teatro en Columbia. En la búsqueda de Elena y su destino, se jugará el de Petra, por eso en algún punto la historia de las hermanas se confunde.

Este documental, que cosechó importantes premios y nominaciones (Mejor Película en el festival de La Habana, 2013, entre otros) y tiene entre sus productores ejecutivos nada menos que a Fernando Mireilles y a Tim Robbins, es el testimonio de una historia personal, pero también su ficción. Persuade con los registros, filmes familiares (home movies), entradas de diario y distintos tipos de documentos aportados porque se tienen –en sí mismos- por trozos de realidad, al mismo tiempo que atestiguan el despiadado paso del tiempo y dan cuenta que no se puede volver atrás mas que con la memoria. De igual manera, imágenes encabalgadas nos muestran dos ciudades: la New York de entonces y otra más reciente; un contexto histórico, que aparece intrincado y melancólico, el del Brasil de la dictadura, que forzó al exilio a tantos artistas, y la misma Elena, borrosa, y por eso mismo distante, que mueve a la ensoñación.

“Elena” nos da indicios, además, del tiempo que les tocó vivir a tres mujeres de una familia brasileña: la madre y las hermanas, cuyas historias se mezclan y aparece re-editadas de alguna manera en cada una de las otras.
Petra Costa ha sabido usar los recursos técnicos del arte con gran maestría. La composición de los cuadros, los picados, barridos y juegos con el zoom, todo está orientado para producir un gran impacto visual y emocional. El paso lánguido de los cuadros, la música que en justas frases acompaña la imagen, hacen del film una sentida carta (una audio carta, como refiere la propia Petra) que sirve para conjurar el duelo de la hermana perdida. Por otra parte, aunque algunas de las reproducciones de las películas familiares pueda ser un poco larga, cumplen acertadamente el propósito de construir la  presencia vicaria de quien ya no está. La película es lo que queda de ella.

La imagen del agua, finalmente, las escenas del mar bañando la playa en su perpetuo devenir, las mujeres nadando en una agua oscura, completamente clara,  parecen servir para lavar la pena de la hermana muerta, y exorcizar, al mismo tiempo, su ausencia. “Poco a poco la pena se vuelve agua/ se hace memoria”, dice Petra.

Se trata de una historia familiar -dijimos- y en ese sentido se enmarca en lo  particular/ confesional que hace un uso retórico y recicla las “home movies” y todo un patrimonio de registros a las que resemantiza para usarlos en la construcción de identidad y recuperación de la memoria. Se trata, además, de la historia de una pérdida y, en ese sentido, trasciende las fronteras de lo doméstico para alcanzarnos a todos.

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